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Imposicion de Manos -por Padre Alexander Avellaneda

 

LA IMPOSICIÓN DE MANOS

 

Uno de los gestos más repetidos en la celebración de los Sacramentos es la imposición de manos.

Es éste un gesto en verdad polivalente, con la elocuente expresividad de unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o sobre una cosa, a ser posible con contacto físico. Puede indicar perdón, bendición, transmisión de fuerza… Su sentido queda concretado por las palabras que le acompañan en cada caso: “yo te absuelvo de tus pecados”. “envía, Señor, tu espíritu sobre este pan y este vino”, envía Señor la fuerza de tu espíritu sobre estos siervos tuyos”…

La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la comunicación interpersonal: la mano de Dios que obra proezas. La mano que quiere expresar la transmisión de algo invisible.

El modo mejor de captar el sentido de la imposición de manos es repasar, aunque sea brevemente, los pasajes bíblicos del A.T. y del N.T. en que este gesto es empleado, y también su realización actual en los Sacramentos.
 

Su sentido en el A.T. 

 En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico de Israel en el que es muy variado el significado que se le da.

A veces significa bendición. Así Jacob bendice a sus nietos Efraím y Manasés, los hijos de José, “extendiendo su diestra y poniéndola sobre la cabeza de Efraím, y su izquierda sobre la de Manasés”, mientras pronunciaba las palabras de bendición: “Dios… bendiga a estos muchachos, y multiplíquense y crezcan en medio de la tierra” (Gen 48, 14-16). También Aarón, en su calidad de sacerdote, “alzando las manos hacia el pueblo, le bendijo” (Lev 9,22) 

Otras veces el gesto quiere indicar la consagración para una tarea, la designación de una persona a una misión.  Moisés, por ejemplo, y por encargo de Yahvé, eligió a Josué como sucesor suyo, y delante de todo el pueblo “le impuso su mano” y le trasmitió las órdenes divinas, para que condujera a su pueblo con autoridad (Núm 27, 18-23). Por eso se podrá decir después: “Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos”. (Deum 34,9).

Con frecuencia la imposición de las manos tiene un tono sacrificial. Se hace el gesto por parte del sacerdote o de los asistentes, sobre la cabeza del animal que va ser sacrificado. Es algo más que el mero señalar: de alguna manera se quiere indicar que las personas se quieren identificar con el animal ofrendado a Dios (crf., por ejemplo, Lev 1,4; 3,2; 4, 15; 8,14.18.22). El rito más solemne sucede en la fiesta de la Expiación, cuando un macho cabrío es enviado al desierto “cargado con los pecados” del pueblo, cosa que se simboliza con la imposición de las manos: “imponiendo ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, hará confesión sobre él de todas la iniquidades de los hijos de Israelí de todas la rebeldías y todos lo pecados de ellos, y cargándolas sobre la cabeza del macho cabrío lo enviarla desierto”  (Lev 16,21-22)

El gesto simbólico significa, pues, según las circunstancias, la invocación de los dones divinos sobre una persona, si designación y consagración para una tarea oficial, la elección y consagración de una ofrenda sacrificial, la comunicación de poderes y fuerzas…

La imposición de manos en el A.T.

En el N.T. la acción de imponer sobre la cabeza de uno las manos tiene también significados distintos, según el contexto en el que se sitúe.

Ante todo puede ser la bendición que uno trasmite a otro, invocando sobre él, en último término, la benevolencia de Dios. Así Cristo Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos (Mt 19, 13-15). En los textos paralelos se dice que la gente le presentaba a los niños “para que los tocara”, y él “abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos” (Mc 10, 13-16): la imposición era, pues, también contacto físico. La despedida de Jesús, en su8 Ascensión, se expresa también con el mismo gesto: “alzando sus manos, los bendijo”  (Lc 24,50)

Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y ala realidad de una curación. Jairo pide a Jesús: “mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos  sobre ella, para que se cure y viva” (Mc 5,23). La presentan al sordomudo de la Decápolis “y le ruegan que imponga sus manos sobre él” (mc 7,32), asimismo al ciego de Betsaida: “le impuso las manos y les preguntó… después le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente”. (Mc 8,23-25). Era el, gesto más repetido en las curaciones: “todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban, y poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba” (Lc 4,40). No es de extrañar que la expresividad del signo se prolongue en el cargo de Jesús hace a sus discípulos: “los que crean… impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16,118). Pablo, que fue curado precisamente por la imposición de las manos por parte de Ananías (Act 9,17), curará a su vez al padre de Publio: “entró a verle, hizo oración, le impulso las manos y curó” (Act 28, 8-9).

El Espíritu de Dios se da a una persona o a una comunidad íntima y misteriosamente. Pero por lo general hay un signo exterior que expresa esta donación, y a la vez la mediación eclesial. Es el caso de los bautizados de Samaría, que reciben la visita de los apóstoles Pedro Y Juan para complementar su iniciación cristiana: “les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Act 8,17). Lo mismo sucedió con los discípulos de Efeso, “habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar” (Act 19,6).  

Imponer las manos sobre la cabeza de una persona significa, en otros varios pasajes, invocar y trasmitir sobre ella el don del Espíritu Santo para una misión determinada. Así pasa con los elegidos para el ministerio de diáconos en la comunidad primera: “hicieron oración y les impusieron las manos” (Act 6,6). Pablo y Bernabé son elegidos y enviados por la comunidad a una nueva misión apostólica: es un momento importante en la historia de la primitiva comunidad. El gesto es expresivo: “después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron”. (Act 13,3). Por eso Pablo podrá recordar a otro ministro de la comunidad, Timoteo, es gesto sacramental que estaba en la raíz de su misión: “no descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio presbíteros” (1 Tim 4,14; crf. 2 Tim 1,6).

También aquí es polivalente el gesto simbólico, pero siempre expresivo de una transmisión de algo oculto: una bendición, el don del Espíritu, la fuerza divina de una misión, la curación espiritual y corporal…

Así puede terminar su estudio sobre la imposición de las manos un autor como Coppens, en 1925, con estas palabras: “la imposición de manos es un antiquísimo rito de bendición y consagración que expresa la toma de posesión por Dios de una persona a de una cosa, y por la que queda llena del Espíritu Santo”.

La imposición de manos en nuestros Sacramentos  

 

Ha sido larga la lista de citas. Pero creo que vale la pena para darnos cuenta de las raíces y del significado profundo de este gesto que repetimos en nuestra celebración.

Actualmente todos los Sacramentos  han incorporado, con mayor o menor centralidad, la imposición de manos en su lenguaje simbólico, lo cual, a la vista de su sentido bíblico, no es de extrañar.

Como dice la monición del gesto en el Rito de la Confirmación: “la imposición de manos es uno de los gestos que aparecen habitualmente en la historia de la salvación y en la liturgia para indicar la transmisión de un poder o de una fuerza o de unos derechos”. 

En el Bautismo, la imposición de manos puede sustituir a la primera unción, la que está señalada para que antes del bautizo. Las palabras que la ilustran son claras: “Os fortalezca el poder de Cristo Salvador”. 

El Ritual de la Confirmación le da más relieve.

A pesar de que, por decisión de Pablo VI, el rito sacramental propiamente dicho es la unción, sin embrago “la imposición de las manos, aunque no pertenece a la validez del sacramento, tiene gran importancia para la integridad del rito y para una más plena comprensión del sacramento” (n. 9). “Por la imposición de las manos sobre los confirmandos, hecha por el Obispo y por los Sacerdotes concelebrantes, se actualiza el gesto bíblico, con el que se invoca el don del Espíritu Santo de un modo muy acomodado a la compresión del pueblo cristiano”. (n. 9).       

La oración con la que el Obispo acompaña la imposición de las manos le da este significado; “ Dios todopoderoso… escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo, llénalos de espíritu de sabiduría…” (n. 32).

Hay dos momentos en la celebración de la Eucaristía en que el gesto simbólico tiene particular énfasis.

Ante todo, cuando el presidente, en la Plegaria Eucarística, invoca por primera vez el Espíritu (epíclesis), extendiendo sus manos sobre el pan y el vino: “santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu”. La segunda invocación del Espíritu, aunque es evidente el paralelismo con la primera, no suele acompañarse del clásico gesto.

Sí, en cambio, en la bendición final cuando se quiere hacer con más solemnidad.   La triple invocación de bienes sobre la asamblea queda así muy bien subrayada por una imposición de manos hacia ella.

Ha sido una novedad el que también se recupera para el sacramento de la Penitencia la imposición de manos. 

En vez de hacer sólo la señal de la cruz sobre el penitente, ahora el sacerdote pronuncia la primera parte de la fórmula de absolución con la imposición de las manos. Y esto no sólo en la forma C, cuando la absolución es colectiva, sino también en la A y en la B cuando se absuelva cada penitente en particular: “extendiendo ambas manos, o al menos la derecha, sobre la cabeza del penitente”.

Es un gesto muy expresivo de la reconciliación que el ministro de la Iglesia, Personificando a Cristo, concede al penitente.

El que la Unción de enfermos  también incluya ala imposición de manos es consecuente con todo lo que hemos visto en el N.T. La curación de los enfermos se acompañaba, tanto por parte de Cristo como de los apóstoles, de la oración y de la imposición de manos.

Cuando el sacerdote, después de las letanías de invocación, impone la mano sobre la cabeza del enfermo, está en realidad prolongando y visibilizando la fuerza salvadora de Cristo sobre un cristiano que necesita en estos momentos  de modo particular su apoyo y gracia. 

Tal vez el sacramento en el que más se hace énfasis tiene la imposición de las manos es el Orden.

El Obispo las impone sobre la cabeza de cada uno de los que van a recibir el presbiterado. Luego, todavía con las manos extendidas hacia todos ellos, pronuncia la oración consecratoria: “Te pedimos… que concedas a estos tus siervos la dignidad del presbiterado, infunde en su interior el Espíritu Santo…”.

Es una clarísima acción simbólica de la transmisión de la gracia y de la misión ministerial de la Iglesia.

También el Matrimonio conoce la imposición de las manos. Después del Padrenuestro. El Sacerdote extiende sobre los novios sus manos y dice su oración: “ extiende tu mano protectora sobre estos hijos tuyos… cólmales de tus bendiciones” (fórmula 2), “descienda, Señor, sobre ellos tu abundante  Bendición” (fórmula 3).

Don de Dios y mediación eclesial

Gesto plástico, intuitivo, el de la imposición de las manos.

Fácil de comprender en el contexto de un Sacramento, aunque no sea ahora una acción muy repetida fuera de él.

Estupendo binomio: la mano y la palabra. Unas manos extendidas hacia una persona o una cosa, y unas palabras que oran o  declaran. Las manos elevadas, apuntando al don divino, y al vez mantenidas sobre una persona o cosa., expresando la aplicación y la atribución del mismo don divino a esta criaturas. Optimo lenguaje simbólico para significar la eficacia de un sacramento.

Por un aparte, la imposición de manos nos educa para reconocer que en todo momento dependemos de la fuerza de Dios, que invocamos humildemente. Es la iniciativa de Dios, sus dones continuos, la fuerza de su Espíritu Santo, lo que nos recuerda este gesto.

Y a la vez, porque lo está realizando un hombre, normalmente un ministro de la comunidad, nos hace darnos cuenta también de que los dones de Dios nos viene en y por la Iglesia: nos educa a apreciar la mediación eclesial, su intersección maternal. La Iglesia es siempre el “lugar donde florece el Espíritu”, la esfera en que nos alcanza su acción vivificadora. 

La mano poderosa de Dios que bendice, que consagra, que inviste de autoridad, es representada sacramentalmente por la mano de un ministro de la Iglesia, extendida con humildad y con confianza sobre las personas o los elementos materiales que Dios quiere santificar.

Cuando el ministro repite este gesto simbólico, debería sentir toda la densidad del momento: él se convierte en instrumento de la transmisión misteriosa de la salvación de Dios sobre ese pan y vino de la Eucaristía, sobre ese pecador arrepentido, sobre los enfermos, sobre los ordenandos… 

Y cuando los fieles ven como el sacerdote realiza esta acción tan gráfica, deberían también alegrarse y sentirse interpelados, porque el rito sacramental les está asegurando que esta siempre viva la cercanía de Dios y que sigue actuando sobre nosotros en todo momento el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”.