ROMA, OCTUBRE 2011

Recent Photos

CALENDARIO DE MISIONES

No upcoming events

Una Voz de Ayuda, Padre Alexander

 CUARESMA  Por  el Padre Alex

Featured Products

COMUNICATE CON NOSOTROS

 

 

SANTA MONICA LA VID

Retiro La Vid dado a  

SERVIDORES de

EMAUS, OCTUBRE 3.

CLICK AQUI santamonicalavid.htm

 

Site Clock

Recent Prayer Requests

  • ayuda

    les escribo para pedirles ayuda para la renovacion carismatica de Catarina Masaya, son una comunidad muy fiel al Se
  • For my husband healing

    My husband Manuel Mouro is very sick. He has emphysema only 10% of his lungs are working, he constantly has go to the hospital because of his lung condition. Please pray for him...

Newest Members

El Gesto de paz -por Padre Alex Avellaneda

Una de las “novedades” más interesantes de la última reforma de la Eucaristía ha sido el gesto de la paz con que se prepara inmediatamente la comunión.

 Pero después de unos años en que se realizó con ilusión este signo de paz, parece como si algunas comunidades se hubieran cansado de él o que le hubieran perdido afecto. Algunas ya no lo hacen, o lo reservan para los domingos.

 ¿Ha “fracasado” el nuevo rito de la paz? ¿Se le ve como anticuado? ¿O como poco sincero? ¿Pierde fuerza por la excesiva repetición? ¿Se puede considerar como demasiado frío y formal?

 Es verdad que la sensibilidad de algunos pueblos –es clásico el caso de los alemanes o, entre nosotros, el de los vascos- puede no ser propicia a manifestaciones de afecto público, sobre todo con contacto físico. Pero seguramente se trata de dificultades superables con un mínimo de motivación. Es demasiado importante la intención del rito para dejarlo sin más o hacerlo en su mínima expresión.

 Sobre todo para las comunidades religiosas tiene este gesto un simbolismo lleno de fuerza educativa: son cristianos que viven juntos, que trabajan juntos, que crecen juntos en su fe. Ellos son los que con más coherencia pueden subrayar con el signo de la paz que es la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo lo que les hermana. Y eso, diariamente. Porque cada día necesitan corregir su egoísmo y reavivar en la comunión con Cristo la fuente de su fraternidad.

Evolución en la historia

El gesto de la paz tiene una historia movida hasta llegar a su forma actual.

Los primeros cristianos se daban en la celebración el famoso “osculum pacis”, el beso de la paz, del que habla S. Pablo varias veces (Rom 16,16; 1 Cor 16,20; 2 Cor 13-12).

El gesto tenía lugar, en los primeros siglos, al final de la liturgia de la Palabra, como su conclusión y sello. Así lo atestiguan, por ejemplo, S. Justino en el siglo IIy S. Hipólito en el III. No estaba, pues, en relación con la comunión, sino con la Palabra. Se hacía antes de empezar la Plegaria Eucarística, siguiendo así la advertencia de Cristo en el sermón de la montaña: antes de presentar las ofrendas al altar, debemos reconciliarnos con el hermano…

Este lugar – la paz como conclusión de las lecturas y la homilía- era y es muy coherente y tal vez puede resultar más lógico en el conjunto de la Eucaristía. Por eso lo conservan ahí las liturgias orientales, así como la ambrosiana, y también nuestra liturgia hispánica mozárabe.

Es en el siglo V, con el Papa Inocencio I (epístola a Decenio, año 416), cuando nos enteramos de que se ha cambiado el lugar del signo de la paz, situándolo después de la Plegaria Eucarística, “en señal de consentimiento del pueblo con todo lo que se ha hecho en los misterios”. Por eso S. Agustín lo llamó “signaculum Eucharistiae”, “sello de la Eucaristía”.

Más tarde, en tiempos de S. Gregorio Magno, evolucionó de nuevo el rito, convirtiéndose en un gesto de preparación inmediata a la comunión, después del Padrenuestro y como prolongación de éste. Así lo conoce desde entonces la liturgia romana, al igual que la africana.

Respecto al modo de realizarse, el signo de la paz todos estos siglos conservaba todavía su sentido originario: una paz “horizontal” de todos, los ministros entre sí y la asamblea unos con otros, con la matización de que los hombres daban el beso de paz a los hombres, y las mujeres a las mujeres.

Pero a partir del siglo XI, cambió poco a poco hasta llegar a lo que hemos conocido nosotros antes de la actual reforma: el sacerdote besaba el altar -como recibiendo la paz del mismo Cristo- y abrazaba después al diácono, y éste a su vez a los ministros inferiores, y así sucesivamente. Al pueblo –o a algunos del pueblo- les llegaba el signo a través de los ministros sagrados. Se hacía Sólo en las misas más solemnes, y prácticamente se fue crericalizando sin tomar parte apenas los fieles en el rito. Uno de los muchos síntomas del alejamiento del pueblo cristiano de la participación activa de la celebración.

Ahora, en nuestra Misa, ha vuelto a recuperar el sentido “horizontal”; nos damos unos a otros la paz, antes de acudir juntos a comulgar con el Señor, como se había hecho durante los primeros diez siglos.

“Daos fraternalmente la paz”

Esta es la estructura del gesto de la paz en nuestra Eucaristía:

-ante todo, el sacerdote presidente dice la oración preparatoria: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: mi paz os dejo, mi paz os doy…” Es una oración tardía: apareció en el Misal hacia el siglo XI, y es una de las pocas dirigidas a Cristo. Tiene la finalidad de preparar y motivar el gesto de la paz, recordando algunas palabras de Cristo relativas a la paz. Podría haber sido, por tanto, más “móvil”: o sea, en vez de citar siempre las mismas palabras (“mi paz os dejo, mi paz os doy”, cfr. Jn 14,27), que, desde luego, son muy expresivas, podría haber recordado otras semejantes con las que Cristo nos fue enseñando la actitud de la fraternidad (“amaos los unos a los otros como yo os he amado”, “en esto  conocerán que son mis discípulos: en que os amáis  los unos a los otros”). El Misal Alemán, por ejemplo, introduce esta oración de manera variable e su primera parte, recordando en Cuaresma que Cristo es nuestra paz y reconciliación, o en Pentecostés que la paz y el amor son fruto del Espíritu. En la liturgia hispánica mozárabe es también variable esta oración (la “oratio ad pacem”), y termina siempre con esta conclusión: “quia tu es vera pax nostra et caritas indisrupta…”, “porque tú eres nuestra paz verdadera y el amor indestructible…”;

-después el sacerdote expresa su deseo general de paz: “la paz del Señor esté siempre con vosotros”, donde se apunta claramente la dirección de esta paz: “es la paz del Señor” Resucitado la que se desea a toda la comunidad presente;

-le sigue una invitación: “daos fraternalmente la paz” (“offerte vobis pacem”), -y por fin la asamblea realiza el gesto de la paz.

El Misal no ha pensado, en nuestra liturgia, ningún canto de acompañamiento al gesto de la paz. El rito hispánico, sí, lo tiene, y variable, tomado sobre todo del evangelio de Juan (13,24; 14,27 etc.).

Si se quiere introducir un canto para este momento, debería ser en verdad un canto “cristiano”, que exprese no sólo sentimientos de amistad o felicitación general, sino el deseo de compromiso de paz en Cristo: algo equivalente al canto “clásico “Ubi caritas et amor”, “donde hay amor, allí está Dios”… Con todo, hay que procurar no recargar excesivamente de cantos este bloque de preparación a la comunión. El Padrenuestro normalmente puede ser recitado; y lo que se podría hacer es cantar algunas veces una canto de paz, acompañando el gesto, y otras el “Cordero de Dios”, acompañando el otro rito de la fracción.

Coherencia con el conjunto

El rito de la paz está en íntima conexión con los demás gestos y oraciones que preparan la comunión:

- el Padrenuestro es la oración de los hijos, de la familia, antes de acudir a la mesa común; y sobre todo tiene la invocación “perdónanos… como nosotros perdonamos…”;

- la fracción del pan presenta un simbolismo muy expresivo: un pan partido que va a ser compartido por los hermanos en señal de unidad; -la comunión misma con el Cuerpo y Sangre del Señor se debe realizar de modo que aparezca cómo nos une a todos compartiendo el mismo Pan y el mismo Cáliz…

Y dentro de esa dinámica, inmediatamente después del Padrenuestro, como un eco al mismo, o como una señal de la obediencia a su espíritu, se ha colocado en la actual reforma el gesto de la paz.

Todo este conjunto nos va educando poco a poco a todos: no podemos ir a comulgar con Cristo sin estar en comunión con el hermano. No podemos decir “amén” al Cuerpo eucarístico de Cristo, si no estamos dispuestos a decirlo también a su Cuerpo Eclesial.

El sentido del gesto de la paz

Este es, precisamente, el sentido que tiene la Eucaristía el que nos demos mutuamente la paz antes de comulgar.

No se trata de un saludo o de un detalle de urbanidad, como podría interpretarse si estuviera al principio o al final de la celebración.

Tampoco puede agotarse su sentido como una muestra de amistad fraterna o de gesto de acercamiento a los presentes.

El Misal describe así su intención: los fieles “imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de participar de un mismo pan” (IGMR 56 b).

a)                  Se trata de la paz de Cristo: “mi paz os dejo, mi paz os doy”. El saludo y el don del Señor, que se comunica a los suyos en la Eucaristía. No una paz meramente psicológica o humana, sino un don de Cristo el Señor, el Siervo, el entregado por todos. No una paz que conquistamos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor. La paz es don de Espíritu (cfr. Gal 5,22; Rom 14,17) antes de ser empeño nuestro. Por eso le pedimos:”concédele la paz y la unidad…”

b)                  Es un gesto de fraternidad cristiana y eucarística. Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Todos somos miembros del mismo Cuerpo, la Iglesia de Cristo. Todos estamos invitados a la misma mesa eucarística. Darnos la paz es un gesto profundamente religioso, además de humano. Está motivado por la fe, más que por la amistad: reconocemos a Cristo presente en el hermano, al igual que después lo reconoceremos en el pan y el vino. Sólo los que tienen el corazón abierto pueden participar coherentemente del Cuerpo y Sangre de Cristo.

c)                  Vista así, la actitud de fraternidad en Cristo es el fruto principal de la eucaristía.

El que nos une en verdad –por encima de gustos, amistades e intereses- Cristo Jesús, que nos ha hecho el don de su Palabra y ahora el de su Cuerpo y su Sangre.

            En la segunda epíclesis o invocación del Espíritu le pedimos, para los que “vamos a participar del Cuerpo y Sangre de Cristo”, que seamos “un solo cuerpo y in solo espíritu”. Ahora, antes de comulgar, la comunidad muestra con el gesto de la paz que la Eucaristía ya empieza a producir fruto de la misma celebración: “aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, porque participamos de un mismo pan” (1 Cor 10,17). La Eucaristía va construyendo la fraternidad: es su alimento y fermento.

            Cuando S. Isidoro habla del gesto de la paz y de su oración en la liturgia hispánica (De Ecclesiasticis Officciis), motiva así su sentido:”…el beso de la paz, para que reconciliados por la caridad unos con otros, se asocien dignamente al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, porque no admite ninguna dimensión el Cuerpo y Sangre de Cristo, porque no admite ninguna disensión el Cuerpo de Cristo” (“…pro osculo pacis, ut cariate reconciliati omnes invicem digne sacramento corporis et sanguinis Chisti conscocientur, quia non recipit dissensionem cuiusquam Christi invisible corpus”).

            Por eso tiene tanto sentido el gesto de la paz precisamente como preparación a la comunión.

d)                 Es una paz universal: sea quien sea el que está a nuestro lado –una anciano, un niño, un amigo, un desconocido –nuestra mano tendida y nuestra sonrisa es todo un símbolo de cómo entendemos la paz de Cristo. Superando la barrera del grupo de amigos nos hacemos más universales y aprendemos la gran lección de Cristo, que se entrega por igual a todos. Los que comulgamos con El queremos que dejen de existir barreras y distancias, no sólo en los grupos cristianos pequeños, donde ya hay amistad y todo “sale bien” a la hora del gesto de la paz, sino también en los grupos mayores, en los que no debemos sentirnos  sociedad anónima, sino que todos somos hermanos.

Precisamente en los grupos homogéneos –comunidades religiosas, grupos juveniles, comunidades de base…-se puede dar la tentación de interpretar el gesto como la consagración de una fraternidad que ya de  ha conseguido. En la Eucaristía el gesto simbólico quiere expresar y realizar bastante más. No tendemos la mano o abrazamos al vecino porque nos entendemos bien con él, sino porque estamos pidiendo y queremos conseguir la verdadera paz de Cristo, profundizando cada vez más en ella y haciéndola más universal. Por eso habla el Misal de “paz y unidad para la Iglesia y para toda la familia humana”.

e)           Pero es una paz en construcción, nunca del todo conseguida. Mira no tanto a rubricar una paz que ya existe, sino a un programa: los cristianos “imploran la paz y la unidad”, a la vez que se comprometen a ella como una tarea. No es un gesto romántico y sentimental: es oración y a la vez compromiso: lo que dándonos la mano acudimos a la mesa de Señor, expresamos nuestra voluntad de trabajar por una creciente fraternidad.

Claro que un breve gesto no lo arregla todo ni cura todas las divisiones. Estamos en el terreno de los símbolos. Eso sí, quiere ser un signo eficaz –sacramental- del propósito de paz que queremos llevar a toda nuestra vida. Cada vez que nos damos la paz deberíamos sentir un cierto desasosiego. Si somos sinceros, debemos ir creciendo en esa fraternidad que pedimos y que prometemos. ¿No será por esa carga de compromiso por lo que a algunos no les gusta repetir tanto el gesto de la paz en la Eucaristía?

La traducción castellana, “daos fraternalmente la paz”, habla de una dinámica activa: nos “damos la paz”, queremos que el gesto sea eficaz, preformativo, y no meramente manifestativo.

La paz de Cristo no se ha realizado del todo en ninguna comunidad. Está en construcción. Depende también de nosotros. Por eso es un pequeño pero significativo gesto profético el que realizamos en cada Eucaristía: en medio de un mundo dividido nosotros queremos ser fermento de unidad y de paz en Cristo Jesús.

Modo concreto de realización

            El Misal deja libre el modo de darse la paz: “según la costumbre de cada lugar se manifiestan mutuamente la paz y la caridad” (IGMR 112), y deja a las Conferencias Episcopales que establezcan “el modo más conveniente según las costumbres y el carácter de cada pueblo” (IGMR 56 b).

            Depende de la sensibilidad de cada pueblo el que la paz la signifiquemos de un modo u otro: darse la mano (gesto discreto, fácil, expresivo), darse un beso o un abrazo, inclinar la cabeza sonriendo, un apretón de ambas manos…

            La Conferencia Episcopal Española tomó a su tiempo el siguiente acuerdo:”la Asamblea establece como gesto litúrgico de paz el apretón de manos o la inclinación de cabeza, acompañado de la expresión: la paz sea contigo” (“Cómo celebrar la Misa”, del Secretariado Nacional de Liturgia, Madrid 1970, p.73).

No habría que minimizar el gesto: ha de ser expresivo. Antes de la reforma, aunque se reservara a los clérigos, siempre consistió en un abrazo. No sería bueno estilizar ahora demasiado la forma de este rito. Aunque la realización externa no es lo más importante –lo verdaderamente importante es la actitud interior de cercanía y fraternidad- los gestos nos ayudan cuando son expresivos.

No hace falta dar la paz a todos. El lenguaje de los símbolos no gana agotándolo hasta el extremo. La discreción es una de sus claves. Basta, por ejemplo, que hagamos el signo de la paz a los más cercanos. La Liturgia hispánica invita a realizarlo con estas palabras. “Tal como estáis, daos la paz” (“quomodo astatis, pacem facite”).

            En el Misal no hay palabras especiales de acompañamiento al gesto. Un gesto bien hecho –una cara que sonríe, unas manos que se ofrecen- puede ser el mejor signo de una actitud interna.

            Como hemos visto, el Episcopado Español sugiere el saludo clásico: “la paz sea contigo”. Se supone que con su correspondiente respuesta. Es un modo de subrayar que no se trata de un mero saludo social sino de una paz que –además- es litúrgica, un momento de fe, una acción simbólica que nos prepara para recibir al Señor.

            Respecto al momento de la celebración en que realizamos el gesto de la paz, hemos visto que durante siglos la liturgia romana –y en otras, hasta nuestros días- ha tenido este rito después de la liturgia de la Palabra. En alguna ocasión, por el carácter especial de las lecturas o de la festividad, cabría una cierta elasticidad para recuperar este lugar. Desde luego, la paz tiene tal coherencia con toda la celebración eucarística que puede ser oportuno en diversos momentos: en el saludo inicial, o en el acto penitencial, o después de la Palabra, o al final, como despedida.

            Pero tiene muy buen sentido donde le coloca el Misal: como preparación inmediata a la comunión. Normalmente hay que respetar esta intención y potenciar, con la oportuna catequesis y motivación, la fuerza simbólica que hemos visto  que tiene en el bloque de la comunión.